Jelena, estás desde hace algún tiempo ausente de las páginas del Eco. ¿Qué caracteriza hoy tu vida, quien eres tú hoy en día?
Estamos esperando nuestro tercer hijo, pero el embarazo no va según nuestras previsiones y se me ha pedido hacer reposo absoluto. Pero es un periodo en el que, mientras experimento todos los límites del cuerpo, veo que, en estas condiciones de inmovilidad, el espíritu se puede engrandecer siempre más. Vivo pues este momento también, como de gracia, porque el amor tiene dos lados: uno, que es la alegría y el impulso de dar, y el otro, que es la cruz que conlleva esta donación. Pero cuando la cruz es vivida, la alegría es aún más profunda. De esta manera todo acaba arreglándose. ¡Parece que la vida tenga que ir siempre bien para ser verdadera, tal como la imaginamos!
Comprendo cada vez más, en cambio, que el sufrimiento es la verdadera vida. Puedo decir, pues, que en este momento estoy viviendo esta “verdadera vida”.
¿Quieres decir que la cruz es una especie de morada estable?
La cruz es inevitable, pero cuando es vivida como un elemento constituyente del amor, entonces no sólo adquiere mucho sentido sino que se torna más soportable, diría casi inexistente; por lo menos la carga negativa que habitualmente advertimos se atenúa considerablemente .
Mi sufrimiento actual no comporta grandes dolores; más que nada experimento la incapacidad de “producir” según la mentalidad de la sociedad moderna, para la que ser equivale a hacer. Nadie te pregunta quién eres… ¡Tú me has preguntado quién eres! La maternidad más que hacer es ser, y, en este momento, yo vivo este modo de ser. María nos ofrece su ejemplo. En toda su vida ella estuvo sobre todo en oración, en escucha, a disposición de Cristo y, si bienobraba con Él, la obra que quedaba era la de su Hijo. El sufrimiento nos pone en esta verdadera visión de la vida, en la cual realmente somos dependientes de Él, donde Él es quien obra y dispone.
¿Cuál es entonces la actitud correcta ante el sufrimiento?
Existen tres posibles actitudes. La primera es cuando la persona, sintiéndose aplastada por el sufrimiento, trata de resistir y luchar. En este caso la persona se vuelve agresiva, diría que insoportable para el entorno, porque trata a toda costa de controlar su vida.
La otra opción es la de sentirse completamente aplastados y volverse pasivos. Sucede entonces que se pierde cualquier sentido de cooperación y se cae en depresión.
La tercera opción, en cambio, la veo como una especie de “baile”, donde la persona debe necesariamente colaborar. En este baile te sientes llevado por la energía de Dios: no eres tú la fuente de energía porque es Él quien te guía, pero en cambio no eres pasivo, no eres una marioneta que Dios arrastra a la fuerza, sino que se da una interacción. Creo que el sufrimiento debe ser vivido así, como un intercambio de baile con el Espíritu Santo: Él te inspira, te muestra los pasos, pero tú siguiéndolos expresas un acto de voluntad. Vemos así que el sufrimiento no debe nunca ser vivido como una destrucción, o una derrota. No debemos ni resignarnos ni imponer a toda costa a la vida una voluntad nuestra, porque estaríamos luchando contra Dios mismo.
En muchos mensajes María hace referencia al sufrimiento vivido como ofrenda a Dios. Pero el hombre tiene miedo del sufrimiento. En una sociedad que nos enseña a evitarlo, o a anestesiarlo, las palabras de María son como un “antídoto”, como una medicina.